Ya ha sido publicado el volumen que recoge las obras premiadas en el XXXVI Premio de Narración Breve de la Uned 2025, entre las que se encuentra mi relato El origen de todo. Os lo comparto para que podáis leerlo:
El origen de todo
Un pequeño resalto en el camino me saca del duermevela en el
que incluso he tenido tiempo de retrotraerme a mis años de adolescencia, esos
en los que uno comienza a entretejer los hilos de su futuro esperando que la
vida le sonría. El conductor del autobús no deja de canturrear el bolero Tres
palabras. Lejos de molestarme, ha sido el bálsamo perfecto para cerrar los
ojos durante casi media hora. Hace muchos días que no consigo dormir por las
noches: me despierto constantemente y mi cuerpo se limita a cambiar de posición
esperando que mi mente deje de dar vueltas por un momento y poder así conciliar
el sueño. Pero creo que eso no volverá a pasar en mucho tiempo.
Tengo
una hora y media por delante hasta llegar a la pequeña localidad albacetense de
Aýna, conocida como la Suiza manchega, donde espero encontrar a mis padres
biológicos. Lejos de ocasionarme un shock o algo parecido, la noticia de
ser adoptado ha sido una bendición para mí. Me quedé sin padre a la edad de
ocho años y acabo de perder a mi madre después de una complicada operación
coronaria. Tenía ya noventa años, pero nunca te haces a la idea de que tu madre
ya no está. Es un vacío profundo y despiadado, una sensación de soledad tan
inmensa como terrorífica. Días antes de la operación, mamá quiso contarme la
verdad y, envuelta en lágrimas, me dio el nombre y las señas de mis padres
biológicos sin dejar de repetirme con insistencia que la perdonara. Ella era
consciente de que su intervención era a vida o muerte, y finalmente fue esta
última la que venció. Podría sentir algo de resentimiento, pero ciertamente le
estoy muy agradecido, no solo por haberme adoptado y haberme querido como un
hijo, sino porque su amor ha sido tan profundo que nunca he necesitado conocer
la verdad. Ahora que no la tengo junto a mí, quizá me reconforte saber que
tengo otros padres a los que poder visitar de manera ocasional, en el caso de
que ellos decidan que forme parte de su vida.
Mamá
se fue tranquila, yo le transmití que había hecho lo correcto, pero ahora, de
regreso a mi pueblo natal, miles de dudas me bailan en la cabeza. Desde el
motivo por el que mis padres no pudieron criarme hasta la explicación para
tratar de entender cómo se puede vivir sin saber nada de tu hijo. Sin embargo,
con el medio siglo recién cumplido a mis espaldas, lo único que espero de este
viaje es reconfortar mi corazón, poder abrazar a quienes me dieron la vida, y
estar en paz conmigo mismo. Lo que me une a esas personas que, a pesar de ser
mis progenitores, son dos desconocidos para mí, es el principio de todo, y
necesito saber de ellos antes de que sea demasiado tarde.
El
paisaje despejado de árboles y dominado cada cierto tiempo por los imponentes
molinos de viento de tres aspas me obliga a pasar revista, a jugar con los
recuerdos para autoconvencerme de que he sido feliz. Son cosas en las que uno
piensa cuando ya es mayor o cuando cree que va a morir, como me ocurre a mí. En
apenas un mes, mi vida ha dado un giro atroz: la muerte de mamá y un cáncer de
próstata que me acaban de detectar hace unos días. La soledad que siento ahora
mismo es tan profunda y tan dolorosa que recibir la noticia de mi adopción ha
sido un alivio después del vacío que se apodera de mí con premura y vilmente.
La
muerte se presentó ante mí bien pronto, cuando apenas era un niño, con el
fallecimiento de mi padre. Fueron años de mucha tristeza en casa. Mamá nunca
terminó de superar que tendría que caminar de mi mano el resto de sus días, y a
pesar de haber sido una mujer longeva, creo que habría preferido no vivir
tanto. Sus últimos años fueron el reflejo de su cansancio, del hastío que
sentía sin nadie a su lado a quien poder amar. Nunca conoció a otro hombre,
prefirió dar portazo a cualquier atisbo de amor renovado en su vida: quiso
seguir adelante con el recuerdo de mi padre pensando que sería suficiente para
ser feliz.
Yo
fui testigo de su tristeza y busqué insaciablemente a una mujer que pudiera
estar a la altura de mi madre, que me amara con pasión desmedida y que me
colocara por encima de cualquier otra persona, pero erré una y otra vez. Creí
estar enamorado en varias ocasiones pese a que nunca lo estuve. Tardé muchos
años en darme cuenta de que jamás podría encontrar a la mujer que deseaba,
porque no existía. El amor incondicional de pareja es algo que solo he conocido
de manera ficticia, así que finalmente asumí que tendría que conformarme con
una mujer con la que pudiera llevar una vida medianamente feliz. Y, a pesar de
haberla encontrado, también la dejé escapar para acabar, una vez más, en brazos
de la soledad.
Me
habría gustado tener a alguien a mi lado un día como hoy. Cualquiera de las
tres mujeres con las que he compartido
mi vida supondría una alegría para mí en un momento así. Con todas
mantengo una relación cordial, entre otras cosas porque nuestras historias de
amor simplemente fueron a la deriva después de que ellas se cansaran de remar.
Nunca me entendieron. Ni yo mismo entiendo por qué fui tan exigente y por qué
fue imposible para mí enamorarme de ellas. Es triste pasar por la vida sin
haber conocido el amor de pareja. El cariño es algo frugal, como una caricia
placentera pero exigua, que sabes que nunca terminará de satisfacerte. Pero el
amor duradero, ese que ya se ha calmado tras la pasión y que da paso a una
estabilidad en la que tu vida se supedita a otra persona, sigue siendo un
desconocido para mí.
Me
quedo también sin saber qué es tener un hijo. Era algo que siempre había
deseado y para lo que pensé que tendría tiempo, pero la vida pasa mucho más
rápido de lo que pensamos y nos va quitando las ilusiones sin darnos cuenta,
hasta el punto de hacernos sentir que nunca las tuvimos. De haber sido padre me
habría enamorado de mis hijos. No sé hasta qué punto habría sabido ejercer mi
figura paterna, pero los habría querido con toda mi alma, como quise también a
mi madre y como nunca he sabido querer a otra mujer.
En este tramo de mi vida, que podría
ser fugaz a la par que angustioso para mí, echo de menos una mano que me
acompañe hasta ese sendero final en el que seguiré caminando solo, pero sin
sufrimiento a mis espaldas. Al mismo tiempo, agradezco que la vida, por otro
lado, haya sido condescendiente conmigo impidiendo que mi madre sea testigo de
mis próximas sesiones de quimioterapia, de la caída de mi cabello, o de lo más
terrible que puede sucederle a alguien en la vida: presenciar la muerte de un
hijo.
Una
señora mayor me hace salir de mi cogitación con su elevadísimo tono de voz
mientras habla por teléfono. Le va informando a su hijo del tiempo que le queda
hasta llegar a su destino y aprovecha para preguntarle si también la recibirán
sus nietos en la parada del autobús. Me giro para contemplar su rostro y, tal y
como pensaba, su cara refleja una felicidad fácilmente descriptible. Las cosas
más bellas de la vida resultan ser las más sencillas. Es una pena que hayan
tenido que diagnosticarme una enfermedad muy grave para darme cuenta, pero
espero tener la oportunidad de disfrutar de esos placeres mundanos que me he
ido perdiendo sin ser consciente de ello.
Recuerdo
que comencé a beber cuando descubrí que no quería a Paula, la única mujer con
la que me casé. Encontré en el alcohol un buen refugio para cercenar mi
matrimonio. No tuve el valor suficiente para confesarle que no la quería,
preferí continuar con mi farsa y desahogarme en la barra de un bar. Al
principio solo era una copa al terminar el día, pero luego fue aumentando la
dosis diaria que necesitaba para llegar a casa borracho y darle motivos a Paula
para que decidiera separarse de mí. Fueron años horribles, en los que no le
encontraba ningún sentido a mi vida. Mi trabajo tampoco me satisfacía, y no
tenía motivos para sonreír. Pasé a ser un autómata dirigido por la bebida, sin
rumbo.
La
segunda mujer que llegó a mi vida me convenció para que acudiera a Alcohólicos
Anónimos, y gracias a ella pude salir del infierno en el que se había
transformado mi día a día y el de los pocos amigos que me rodeaban. Una vez
más, creí estar en deuda con ella y traté de retenerla a mi lado pese a no
estar enamorado. Afortunadamente para los dos, terminó dándose cuenta de que
nunca podría ser feliz a mi lado.
Y,
por último, con Elena fue todo diferente. Creo que fue a la que más quise, pero
la rutina terminó por ahogarnos y decidimos que lo mejor sería continuar por
caminos diferentes. Con ella todavía hablo y sé que no me perdonará que no le
haya contado este intento por localizar a mis padres, y mucho menos lo de mi
enfermedad, pero por una vez en la vida me he dado cuenta de que debo ser
honesto conmigo mismo y hacer solo aquello que me dicte mi corazón. Hasta este
momento no lo he hecho, y solo he conseguido damnificar a la gente que me
rodea, así que a partir de ahora intentaré ser consecuente con mis actos.
El
conductor anuncia la llegada a Aýna. El pequeño trayecto desde la carretera
hasta el pueblo ha sido espectacular, por un momento he tenido la sensación de
zambullirme en esta pequeña localidad que macera su historia entre las cumbres
de una montaña. Me fascina el modo que utiliza el chófer para avisar de la
llegada: suelta un grito mientras gira su cuello para comprobar que los
pasajeros le hemos escuchado, sin más. Un señor de edad avanzada hasta se
aturde cuando se despierta sobresaltado por el vehemente tono de voz del señor
que maneja el autobús con una facilidad pasmosa para adentrarse en los recovecos
de esta preciosa sierra.
Al bajar, me invade una sensación de
familiaridad fruto de mis ansias por mimetizarme con el pueblo que me vio
nacer. Y, pese a dejarme llevar por el sentimentalismo que supone estar allí,
me voy emocionando a medida que empiezo a recorrer las estrechas calles que
conducen a la casa de mis padres. Me cuesta referirme a ellos así, es como si
el genio de la lámpara me hubiese concedido el deseo de volver a tener otra
familia.
Aprovecho
para deleitarme con el precioso paisaje que se divisa desde el Mirador de las
Mayas. Lo había visto en internet en mi búsqueda previa de los rincones con más
encanto del pueblo, pero en esta localidad todo tiene su atractivo, desde el
aroma a pan recién hecho que se respira incluso a estas horas del mediodía
hasta el saludo gentil de cada viandante con el que me cruzo y que me analiza
de arriba abajo al ser forastero.
Cuando por fin me decido a plantarme
en el número veinte de la calle Cantalares, un arrebato de arrepentimiento me
embarga hasta el punto de alejarme lentamente decidido a volver a Madrid sin
llamar al timbre, pero el sentido común y la practicidad ―el autobús de vuelta
no sale hasta dentro de cuatro horas― me hacen retroceder y llamar a la puerta.
Mi pulso se acelera y mi temperatura corporal sube mientras espero a que
alguien abra. Examino con prolijidad la vetusta puerta de madera que tengo
frente a mí, posiblemente la misma que se instaló al construir la casa de
fachada blanca y amplios ventanales negros de forja. Tardan en abrir y comienzo
a pensar en la posibilidad de que mis padres ya no vivan allí o hayan muerto.
El miedo vuelve a asaltarme una vez más, y me siento indefenso, vulnerable.
Finalmente, una mujer de mediana
edad se presenta ante mí dándome los buenos días. Su rostro es serio, casi
hierático, pero le respondo con una sonrisa y le pregunto por Catalina o
Francisco, los nombres que me dio mi madre en el hospital. La señora frunce el
ceño y me pregunta de dónde vengo. Al contestarle que he venido en autobús
desde Albacete y en AVE desde Madrid, su gesto se torna todavía más áspero y
directamente me pregunta qué quiero. Sin dilación alguna, le cuento con premura
el motivo de mi visita y los ojos de la señora comienzan a agrandarse hasta el
punto de querer salirse de su rostro. De repente, se pone la mano en el corazón
y exhala profundamente. Me excuso alegando que no es mi intención molestarles,
pero la señora me pide que deje de hablar dándome el alto con su mano derecha.
Acto seguido, me pide que pase. Me conduce hasta un salón gobernado por una
larga mesa de madera y un mueble de pared a pared con las vitrinas abarrotadas
de fotografías. Me ofrece una cerveza, pero le acepto agradecido un vaso de
agua. Se ausenta para ir a la cocina y doy un repaso rápido a las imágenes del
mueble: son fotos familiares, de bodas, comuniones y otros eventos. Intuyo que
mis padres han tenido más hijos, y eso hace que mi mente no deje de cavilar. La
señora vuelve con un vaso de agua bien fría, procedente de la fuente del
pueblo, según ella misma me informa mientras bebo.
Un silencio incómodo se instaura en
el salón. Ella apenas me mira y me veo obligado a comentarle la cantidad de
fotografías que decoran el mueble con marcos rutilantes. Ella sonríe con
añoranza y finalmente me mira a los ojos para confesarme que es mi hermana. Me
quedo absorto, sin saber qué decir ni cómo actuar. Me gustaría levantarme y
abrazarla, pero sería un acto fingido. Apenas hace unos minutos que nos
conocemos y tengo la sensación de que mi visita le resulta incómoda, así que le
pregunto directamente si mis padres aún viven. Ella, antes de contestar, me
pregunta mi nombre y se presenta de manera oficial. Nos damos la mano con una
leve sonrisa, no podemos hacer nada más, la frialdad entre nosotros es latente.
Me informa de la muerte de mi padre hace ya varios años víctima de un cáncer de
próstata. Por fuera no reacciono, pero por dentro mi cuerpo entero parece
resquebrajarse al imaginar que ese puede ser también mi final. Por lo visto hay
una carga genética importante en el origen de mi enfermedad. De haber conocido
a mi padre antes quizá podría haber evitado mi estado actual, pero es algo que
nunca llegaré a saber. Me acuerdo de mamá en este momento y agradezco que no
haya tenido que enterarse de esto, nunca se habría perdonado a sí misma.
Lucrecia, mi hermana, continúa
hablando. Me confirma que tengo dos hermanos más: Carmen y Jacinto, los dos más
jóvenes que ella. Me ilusiona tener de repente hermanos, es una experiencia tan
nueva como emocionante para mí, incluso si no llegara a conocerlos nunca. Poco
a poco vamos sintiéndonos más cómodos y la conversación deriva finalmente en mi
madre. Tiene ochenta y dos años y vive con ella, pero lamentablemente un
alzhéimer bastante avanzado le impide reconocer a la gente. En ese instante
Lucrecia se emociona y rompe a llorar. Me levanto del sillón e instintivamente
la abrazo. Ella me aprieta fuerte la espalda y me pregunta por qué he tardado
tanto en aparecer. Cuando por fin se calma, la pongo al día de la confesión
tardía de mi madre adoptiva y le pido si al menos podría ver a Catalina, aunque
solo fuera desde la puerta del dormitorio en el que pasa la mayor parte de su
tiempo. Ella asiente sin mediar palabra y me conduce hasta la habitación. El
pequeño tramo de pasillo se me antoja infinito: cada paso que doy equivale a
cinco años de mi vida. Tengo la asfixiante sensación de estar recorriendo una
vida paralela en apenas unos segundos: la casa en la que nací, mi hermana, mi
madre, y la enfermedad de mi padre, que ahora se reproduce de nuevo en el
cuerpo de un hijo al que tuvo que renunciar. Todas esas vivencias inexistentes
acuden a mi mente y me obligan a pasar revista desde el más absoluto
desconocimiento. ¿Qué habría sido de mi vida si hubiera crecido en estas
paredes que rezuman humedad?
Cuando por fin Lucrecia abre la
puerta, mi madre me recibe con una mirada confusa, pero sonriendo ante la
llegada de un desconocido que rompe su monótona e irreal existencia. Mi hermana
la coge de la mano y le dice que su hijo ha venido a verla, su primer hijo.
Cuando escucho esas palabras me siento parte de esa familia: soy su
primogénito, el origen de todo. Me invade una alegría que me hace sentir ufano,
orgulloso de reencontrarme con la persona que me dio la vida. Me siento junto a
mi madre y ahora soy yo quien le coge la mano sin poder parar de preguntarle si
sabe quién soy. Su mirada perdida me escruta con interés deteniéndose en mis
ojos cada cierto tiempo. No sabe quién soy, pero no pierde su sonrisa ni por un
momento. Lucrecia la mira y le confirma de nuevo que soy su hijo, pidiéndole
que me dé un beso. Ella me acerca su mejilla y la emoción henchía todo mi ser
hasta hacerme llorar de una manera desbordada, sin consuelo. Recuesto mi cabeza
en el hombro de mamá y vuelvo a nacer a su lado. Mi llanto empapa su camisón y
noto cómo sus manos acarician mi cabeza intentando sosegarme, pero es inútil:
nuestra simbiótica unión, tras cinco décadas de ausencia, ha sacado toda la
emoción que llevaba conteniendo desde que murió mamá y desde que el médico me
comunicó que tenía cáncer. Ahora más que nunca, siento que la vida se me
escapa.
Tras una larga conversación con
Lucrecia en la que me explica los motivos por los que mis padres biológicos se
vieron en la obligación de darme en adopción, me siento mucho más relajado. No
estoy en condiciones de juzgar a nadie después de la vida que he llevado y con
el futuro tan incierto que me queda por asumir. Mi hermana me pide por favor
que vuelva a Aýna un fin de semana para poder conocer a mis otros dos hermanos,
que viven en Albacete. Le prometo que acudiré y le pido permiso para visitar a
mamá con cierta frecuencia. Este regalo que el destino me ha hecho es una
segunda oportunidad, el motivo que necesitaba para aferrarme a la vida. Antes
de marcharme, vuelvo al dormitorio de mi madre para despedirme. Allí está,
junto a la ventana, con el rostro acariciado por los rayos de sol casi
vespertinos. Me acerco y beso su cabeza cubierta de cabello blanco. La miro a
los ojos y le doy las gracias, porque no imagino el sufrimiento por el que esa
mujer ha tenido que pasar al renunciar al amor de un hijo. Me mira fijamente y,
aunque es incapaz de identificarme de algún modo, sé que en lo más profundo de
su ser su corazón está gritando mi nombre.
De
regreso a casa, miro por la ventanilla del autobús cómo el sol se va ocultando
y mis ojos se cierran de manera indefectible después de mi catártica visita a
Ayna. Cuando despierto, ha transcurrido un ahora desde que emprendiéramos la
ruta de regreso a Albacete. Tengo la sensación de haber dormido durante horas,
como si cuerpo hubiera descansado después de haber llegado a la extenuación.
Algo me dice que, después de haber puesto en orden mi vida, podré volver a
dormir por las noches sin necesidad de recurrir a los somníferos.
He
vivido cincuenta años sin saber quién era, perdido en una identidad que no me
correspondía, pero, si esta jodida enfermedad me lo permite, a partir de este
momento voy a empezar a disfrutar de mí mismo. Hasta hoy no me había dado
cuenta, pero tengo una asignatura pendiente desde el día en que nací: vivir.
Mañana
comienzan mis sesiones de quimioterapia con la incertidumbre como única
compañera de viaje. No sé si seré capaz de burlar a la muerte para que me deje
en paz al menos unos cuantos años más, pero me seduce pensar que ya tengo
fuerzas suficientes para jugar con ella.

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