lunes, 29 de junio de 2026

"EL ORIGEN DE TODO", FINALISTA EN LA XXXVI EDICIÓN DEL PREMIO DE NARRACIÓN BREVE UNED 2025

 

Ya ha sido publicado el volumen que recoge las obras premiadas en el XXXVI Premio de Narración Breve de la Uned 2025, entre las que se encuentra mi relato El origen de todo. Os lo comparto para que podáis leerlo:

El origen de todo

Un pequeño resalto en el camino me saca del duermevela en el que incluso he tenido tiempo de retrotraerme a mis años de adolescencia, esos en los que uno comienza a entretejer los hilos de su futuro esperando que la vida le sonría. El conductor del autobús no deja de canturrear el bolero Tres palabras. Lejos de molestarme, ha sido el bálsamo perfecto para cerrar los ojos durante casi media hora. Hace muchos días que no consigo dormir por las noches: me despierto constantemente y mi cuerpo se limita a cambiar de posición esperando que mi mente deje de dar vueltas por un momento y poder así conciliar el sueño. Pero creo que eso no volverá a pasar en mucho tiempo.

            Tengo una hora y media por delante hasta llegar a la pequeña localidad albacetense de Aýna, conocida como la Suiza manchega, donde espero encontrar a mis padres biológicos. Lejos de ocasionarme un shock o algo parecido, la noticia de ser adoptado ha sido una bendición para mí. Me quedé sin padre a la edad de ocho años y acabo de perder a mi madre después de una complicada operación coronaria. Tenía ya noventa años, pero nunca te haces a la idea de que tu madre ya no está. Es un vacío profundo y despiadado, una sensación de soledad tan inmensa como terrorífica. Días antes de la operación, mamá quiso contarme la verdad y, envuelta en lágrimas, me dio el nombre y las señas de mis padres biológicos sin dejar de repetirme con insistencia que la perdonara. Ella era consciente de que su intervención era a vida o muerte, y finalmente fue esta última la que venció. Podría sentir algo de resentimiento, pero ciertamente le estoy muy agradecido, no solo por haberme adoptado y haberme querido como un hijo, sino porque su amor ha sido tan profundo que nunca he necesitado conocer la verdad. Ahora que no la tengo junto a mí, quizá me reconforte saber que tengo otros padres a los que poder visitar de manera ocasional, en el caso de que ellos decidan que forme parte de su vida.

            Mamá se fue tranquila, yo le transmití que había hecho lo correcto, pero ahora, de regreso a mi pueblo natal, miles de dudas me bailan en la cabeza. Desde el motivo por el que mis padres no pudieron criarme hasta la explicación para tratar de entender cómo se puede vivir sin saber nada de tu hijo. Sin embargo, con el medio siglo recién cumplido a mis espaldas, lo único que espero de este viaje es reconfortar mi corazón, poder abrazar a quienes me dieron la vida, y estar en paz conmigo mismo. Lo que me une a esas personas que, a pesar de ser mis progenitores, son dos desconocidos para mí, es el principio de todo, y necesito saber de ellos antes de que sea demasiado tarde.

            El paisaje despejado de árboles y dominado cada cierto tiempo por los imponentes molinos de viento de tres aspas me obliga a pasar revista, a jugar con los recuerdos para autoconvencerme de que he sido feliz. Son cosas en las que uno piensa cuando ya es mayor o cuando cree que va a morir, como me ocurre a mí. En apenas un mes, mi vida ha dado un giro atroz: la muerte de mamá y un cáncer de próstata que me acaban de detectar hace unos días. La soledad que siento ahora mismo es tan profunda y tan dolorosa que recibir la noticia de mi adopción ha sido un alivio después del vacío que se apodera de mí con premura y vilmente.

            La muerte se presentó ante mí bien pronto, cuando apenas era un niño, con el fallecimiento de mi padre. Fueron años de mucha tristeza en casa. Mamá nunca terminó de superar que tendría que caminar de mi mano el resto de sus días, y a pesar de haber sido una mujer longeva, creo que habría preferido no vivir tanto. Sus últimos años fueron el reflejo de su cansancio, del hastío que sentía sin nadie a su lado a quien poder amar. Nunca conoció a otro hombre, prefirió dar portazo a cualquier atisbo de amor renovado en su vida: quiso seguir adelante con el recuerdo de mi padre pensando que sería suficiente para ser feliz.

            Yo fui testigo de su tristeza y busqué insaciablemente a una mujer que pudiera estar a la altura de mi madre, que me amara con pasión desmedida y que me colocara por encima de cualquier otra persona, pero erré una y otra vez. Creí estar enamorado en varias ocasiones pese a que nunca lo estuve. Tardé muchos años en darme cuenta de que jamás podría encontrar a la mujer que deseaba, porque no existía. El amor incondicional de pareja es algo que solo he conocido de manera ficticia, así que finalmente asumí que tendría que conformarme con una mujer con la que pudiera llevar una vida medianamente feliz. Y, a pesar de haberla encontrado, también la dejé escapar para acabar, una vez más, en brazos de la soledad.

            Me habría gustado tener a alguien a mi lado un día como hoy. Cualquiera de las tres mujeres con las que he compartido  mi vida supondría una alegría para mí en un momento así. Con todas mantengo una relación cordial, entre otras cosas porque nuestras historias de amor simplemente fueron a la deriva después de que ellas se cansaran de remar. Nunca me entendieron. Ni yo mismo entiendo por qué fui tan exigente y por qué fue imposible para mí enamorarme de ellas. Es triste pasar por la vida sin haber conocido el amor de pareja. El cariño es algo frugal, como una caricia placentera pero exigua, que sabes que nunca terminará de satisfacerte. Pero el amor duradero, ese que ya se ha calmado tras la pasión y que da paso a una estabilidad en la que tu vida se supedita a otra persona, sigue siendo un desconocido para mí.

            Me quedo también sin saber qué es tener un hijo. Era algo que siempre había deseado y para lo que pensé que tendría tiempo, pero la vida pasa mucho más rápido de lo que pensamos y nos va quitando las ilusiones sin darnos cuenta, hasta el punto de hacernos sentir que nunca las tuvimos. De haber sido padre me habría enamorado de mis hijos. No sé hasta qué punto habría sabido ejercer mi figura paterna, pero los habría querido con toda mi alma, como quise también a mi madre y como nunca he sabido querer a otra mujer.

En este tramo de mi vida, que podría ser fugaz a la par que angustioso para mí, echo de menos una mano que me acompañe hasta ese sendero final en el que seguiré caminando solo, pero sin sufrimiento a mis espaldas. Al mismo tiempo, agradezco que la vida, por otro lado, haya sido condescendiente conmigo impidiendo que mi madre sea testigo de mis próximas sesiones de quimioterapia, de la caída de mi cabello, o de lo más terrible que puede sucederle a alguien en la vida: presenciar la muerte de un hijo.

            Una señora mayor me hace salir de mi cogitación con su elevadísimo tono de voz mientras habla por teléfono. Le va informando a su hijo del tiempo que le queda hasta llegar a su destino y aprovecha para preguntarle si también la recibirán sus nietos en la parada del autobús. Me giro para contemplar su rostro y, tal y como pensaba, su cara refleja una felicidad fácilmente descriptible. Las cosas más bellas de la vida resultan ser las más sencillas. Es una pena que hayan tenido que diagnosticarme una enfermedad muy grave para darme cuenta, pero espero tener la oportunidad de disfrutar de esos placeres mundanos que me he ido perdiendo sin ser consciente de ello.

            Recuerdo que comencé a beber cuando descubrí que no quería a Paula, la única mujer con la que me casé. Encontré en el alcohol un buen refugio para cercenar mi matrimonio. No tuve el valor suficiente para confesarle que no la quería, preferí continuar con mi farsa y desahogarme en la barra de un bar. Al principio solo era una copa al terminar el día, pero luego fue aumentando la dosis diaria que necesitaba para llegar a casa borracho y darle motivos a Paula para que decidiera separarse de mí. Fueron años horribles, en los que no le encontraba ningún sentido a mi vida. Mi trabajo tampoco me satisfacía, y no tenía motivos para sonreír. Pasé a ser un autómata dirigido por la bebida, sin rumbo.

            La segunda mujer que llegó a mi vida me convenció para que acudiera a Alcohólicos Anónimos, y gracias a ella pude salir del infierno en el que se había transformado mi día a día y el de los pocos amigos que me rodeaban. Una vez más, creí estar en deuda con ella y traté de retenerla a mi lado pese a no estar enamorado. Afortunadamente para los dos, terminó dándose cuenta de que nunca podría ser feliz a mi lado.

            Y, por último, con Elena fue todo diferente. Creo que fue a la que más quise, pero la rutina terminó por ahogarnos y decidimos que lo mejor sería continuar por caminos diferentes. Con ella todavía hablo y sé que no me perdonará que no le haya contado este intento por localizar a mis padres, y mucho menos lo de mi enfermedad, pero por una vez en la vida me he dado cuenta de que debo ser honesto conmigo mismo y hacer solo aquello que me dicte mi corazón. Hasta este momento no lo he hecho, y solo he conseguido damnificar a la gente que me rodea, así que a partir de ahora intentaré ser consecuente con mis actos.

            El conductor anuncia la llegada a Aýna. El pequeño trayecto desde la carretera hasta el pueblo ha sido espectacular, por un momento he tenido la sensación de zambullirme en esta pequeña localidad que macera su historia entre las cumbres de una montaña. Me fascina el modo que utiliza el chófer para avisar de la llegada: suelta un grito mientras gira su cuello para comprobar que los pasajeros le hemos escuchado, sin más. Un señor de edad avanzada hasta se aturde cuando se despierta sobresaltado por el vehemente tono de voz del señor que maneja el autobús con una facilidad pasmosa para adentrarse en los recovecos de esta preciosa sierra.

Al bajar, me invade una sensación de familiaridad fruto de mis ansias por mimetizarme con el pueblo que me vio nacer. Y, pese a dejarme llevar por el sentimentalismo que supone estar allí, me voy emocionando a medida que empiezo a recorrer las estrechas calles que conducen a la casa de mis padres. Me cuesta referirme a ellos así, es como si el genio de la lámpara me hubiese concedido el deseo de volver a tener otra familia.

            Aprovecho para deleitarme con el precioso paisaje que se divisa desde el Mirador de las Mayas. Lo había visto en internet en mi búsqueda previa de los rincones con más encanto del pueblo, pero en esta localidad todo tiene su atractivo, desde el aroma a pan recién hecho que se respira incluso a estas horas del mediodía hasta el saludo gentil de cada viandante con el que me cruzo y que me analiza de arriba abajo al ser forastero.

Cuando por fin me decido a plantarme en el número veinte de la calle Cantalares, un arrebato de arrepentimiento me embarga hasta el punto de alejarme lentamente decidido a volver a Madrid sin llamar al timbre, pero el sentido común y la practicidad ―el autobús de vuelta no sale hasta dentro de cuatro horas― me hacen retroceder y llamar a la puerta. Mi pulso se acelera y mi temperatura corporal sube mientras espero a que alguien abra. Examino con prolijidad la vetusta puerta de madera que tengo frente a mí, posiblemente la misma que se instaló al construir la casa de fachada blanca y amplios ventanales negros de forja. Tardan en abrir y comienzo a pensar en la posibilidad de que mis padres ya no vivan allí o hayan muerto. El miedo vuelve a asaltarme una vez más, y me siento indefenso, vulnerable.

Finalmente, una mujer de mediana edad se presenta ante mí dándome los buenos días. Su rostro es serio, casi hierático, pero le respondo con una sonrisa y le pregunto por Catalina o Francisco, los nombres que me dio mi madre en el hospital. La señora frunce el ceño y me pregunta de dónde vengo. Al contestarle que he venido en autobús desde Albacete y en AVE desde Madrid, su gesto se torna todavía más áspero y directamente me pregunta qué quiero. Sin dilación alguna, le cuento con premura el motivo de mi visita y los ojos de la señora comienzan a agrandarse hasta el punto de querer salirse de su rostro. De repente, se pone la mano en el corazón y exhala profundamente. Me excuso alegando que no es mi intención molestarles, pero la señora me pide que deje de hablar dándome el alto con su mano derecha. Acto seguido, me pide que pase. Me conduce hasta un salón gobernado por una larga mesa de madera y un mueble de pared a pared con las vitrinas abarrotadas de fotografías. Me ofrece una cerveza, pero le acepto agradecido un vaso de agua. Se ausenta para ir a la cocina y doy un repaso rápido a las imágenes del mueble: son fotos familiares, de bodas, comuniones y otros eventos. Intuyo que mis padres han tenido más hijos, y eso hace que mi mente no deje de cavilar. La señora vuelve con un vaso de agua bien fría, procedente de la fuente del pueblo, según ella misma me informa mientras bebo.

Un silencio incómodo se instaura en el salón. Ella apenas me mira y me veo obligado a comentarle la cantidad de fotografías que decoran el mueble con marcos rutilantes. Ella sonríe con añoranza y finalmente me mira a los ojos para confesarme que es mi hermana. Me quedo absorto, sin saber qué decir ni cómo actuar. Me gustaría levantarme y abrazarla, pero sería un acto fingido. Apenas hace unos minutos que nos conocemos y tengo la sensación de que mi visita le resulta incómoda, así que le pregunto directamente si mis padres aún viven. Ella, antes de contestar, me pregunta mi nombre y se presenta de manera oficial. Nos damos la mano con una leve sonrisa, no podemos hacer nada más, la frialdad entre nosotros es latente. Me informa de la muerte de mi padre hace ya varios años víctima de un cáncer de próstata. Por fuera no reacciono, pero por dentro mi cuerpo entero parece resquebrajarse al imaginar que ese puede ser también mi final. Por lo visto hay una carga genética importante en el origen de mi enfermedad. De haber conocido a mi padre antes quizá podría haber evitado mi estado actual, pero es algo que nunca llegaré a saber. Me acuerdo de mamá en este momento y agradezco que no haya tenido que enterarse de esto, nunca se habría perdonado a sí misma.

Lucrecia, mi hermana, continúa hablando. Me confirma que tengo dos hermanos más: Carmen y Jacinto, los dos más jóvenes que ella. Me ilusiona tener de repente hermanos, es una experiencia tan nueva como emocionante para mí, incluso si no llegara a conocerlos nunca. Poco a poco vamos sintiéndonos más cómodos y la conversación deriva finalmente en mi madre. Tiene ochenta y dos años y vive con ella, pero lamentablemente un alzhéimer bastante avanzado le impide reconocer a la gente. En ese instante Lucrecia se emociona y rompe a llorar. Me levanto del sillón e instintivamente la abrazo. Ella me aprieta fuerte la espalda y me pregunta por qué he tardado tanto en aparecer. Cuando por fin se calma, la pongo al día de la confesión tardía de mi madre adoptiva y le pido si al menos podría ver a Catalina, aunque solo fuera desde la puerta del dormitorio en el que pasa la mayor parte de su tiempo. Ella asiente sin mediar palabra y me conduce hasta la habitación. El pequeño tramo de pasillo se me antoja infinito: cada paso que doy equivale a cinco años de mi vida. Tengo la asfixiante sensación de estar recorriendo una vida paralela en apenas unos segundos: la casa en la que nací, mi hermana, mi madre, y la enfermedad de mi padre, que ahora se reproduce de nuevo en el cuerpo de un hijo al que tuvo que renunciar. Todas esas vivencias inexistentes acuden a mi mente y me obligan a pasar revista desde el más absoluto desconocimiento. ¿Qué habría sido de mi vida si hubiera crecido en estas paredes que rezuman humedad?

Cuando por fin Lucrecia abre la puerta, mi madre me recibe con una mirada confusa, pero sonriendo ante la llegada de un desconocido que rompe su monótona e irreal existencia. Mi hermana la coge de la mano y le dice que su hijo ha venido a verla, su primer hijo. Cuando escucho esas palabras me siento parte de esa familia: soy su primogénito, el origen de todo. Me invade una alegría que me hace sentir ufano, orgulloso de reencontrarme con la persona que me dio la vida. Me siento junto a mi madre y ahora soy yo quien le coge la mano sin poder parar de preguntarle si sabe quién soy. Su mirada perdida me escruta con interés deteniéndose en mis ojos cada cierto tiempo. No sabe quién soy, pero no pierde su sonrisa ni por un momento. Lucrecia la mira y le confirma de nuevo que soy su hijo, pidiéndole que me dé un beso. Ella me acerca su mejilla y la emoción henchía todo mi ser hasta hacerme llorar de una manera desbordada, sin consuelo. Recuesto mi cabeza en el hombro de mamá y vuelvo a nacer a su lado. Mi llanto empapa su camisón y noto cómo sus manos acarician mi cabeza intentando sosegarme, pero es inútil: nuestra simbiótica unión, tras cinco décadas de ausencia, ha sacado toda la emoción que llevaba conteniendo desde que murió mamá y desde que el médico me comunicó que tenía cáncer. Ahora más que nunca, siento que la vida se me escapa.

Tras una larga conversación con Lucrecia en la que me explica los motivos por los que mis padres biológicos se vieron en la obligación de darme en adopción, me siento mucho más relajado. No estoy en condiciones de juzgar a nadie después de la vida que he llevado y con el futuro tan incierto que me queda por asumir. Mi hermana me pide por favor que vuelva a Aýna un fin de semana para poder conocer a mis otros dos hermanos, que viven en Albacete. Le prometo que acudiré y le pido permiso para visitar a mamá con cierta frecuencia. Este regalo que el destino me ha hecho es una segunda oportunidad, el motivo que necesitaba para aferrarme a la vida. Antes de marcharme, vuelvo al dormitorio de mi madre para despedirme. Allí está, junto a la ventana, con el rostro acariciado por los rayos de sol casi vespertinos. Me acerco y beso su cabeza cubierta de cabello blanco. La miro a los ojos y le doy las gracias, porque no imagino el sufrimiento por el que esa mujer ha tenido que pasar al renunciar al amor de un hijo. Me mira fijamente y, aunque es incapaz de identificarme de algún modo, sé que en lo más profundo de su ser su corazón está gritando mi nombre.

            De regreso a casa, miro por la ventanilla del autobús cómo el sol se va ocultando y mis ojos se cierran de manera indefectible después de mi catártica visita a Ayna. Cuando despierto, ha transcurrido un ahora desde que emprendiéramos la ruta de regreso a Albacete. Tengo la sensación de haber dormido durante horas, como si cuerpo hubiera descansado después de haber llegado a la extenuación. Algo me dice que, después de haber puesto en orden mi vida, podré volver a dormir por las noches sin necesidad de recurrir a los somníferos.

            He vivido cincuenta años sin saber quién era, perdido en una identidad que no me correspondía, pero, si esta jodida enfermedad me lo permite, a partir de este momento voy a empezar a disfrutar de mí mismo. Hasta hoy no me había dado cuenta, pero tengo una asignatura pendiente desde el día en que nací: vivir.

            Mañana comienzan mis sesiones de quimioterapia con la incertidumbre como única compañera de viaje. No sé si seré capaz de burlar a la muerte para que me deje en paz al menos unos cuantos años más, pero me seduce pensar que ya tengo fuerzas suficientes para jugar con ella.

 


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